ROCK EN MEDELLIN


Como un guijarro que cae sobre el río, el rock cae literalmente a Medellín. Llega en pequeñas dosis, primero a través de los viajeros que mueven las copias de los grandes grupos anglosajones de la época, y después con los pequeños prensajes de esos álbumes efectuados por las disqueras nacionales, la mayoría de las cuales tenían sus fábricas en la ciudad. De aquí se nutren pequeñísimos grupos de jóvenes de las clases alta y media. Porque la difusión más amplia fue mediatizada por los grupos y cantantes mexicanos, argentinos y españoles, que coparon las emisoras y el gusto de los jóvenes en general, iniciando el socavamiento inexorable de la cultura tanguera, dominante en esos años.
Esta difusión del rock se hizo bajo las formas exitosas y dominantes en el mundo desarrollado y bajo sus denominaciones de twist, rocanrol, yeyé, impulsadas por la industria mediática y empresas manufactureras. En Medellín es Guillermo Hinestroza Isaza, un comunicador de masas ligado al espectáculo futbolístico y musical, quien promueve "El Club del Clan" con un programa radial como principal palanca, el mismo que después alimentará esta cadena, siendo retomado en Bogotá por Alfonso Lizarazo y llevado a la televisión. Como campaña nacional, llegará el famoso "Milo a GoGó" con sus promociones comerciales y concursos en las principales ciudades del país.
De esta manera la recepción del rock en Medellín es copia del fenómeno del Norte. Y es la clase alta la que tiene los medios y el afán de llegar a la moda. Lo novedoso en estos años son las fiestas en los clubes exclusivos como el Medellín y el Campestre, donde la gente rica se viste de hippie y rocanrolera, trayendo ropa importada o comprando nacional en "La Caverna de Carolo", para escuchar las novedades discográficas y bailar los primeros grupos de la ciudad que interpretaban la nueva música.
Es en el ambiente de los jóvenes que asumen el protagonismo del rocanrol medellinense donde se gestan las contradicciones acerca de la manera como se debe recibir el rock, contradicciones alrededor de tres aspectos claves: el mensaje de los temas, la actitud de los noveles artistas y el idioma. La superficialidad de la lírica del rocanrol pasada por los alambiques de las disqueras y las traducciones hispano-mexico-argentinas, fue asumida por los grupos de la ciudad.
El ambiente está listo para la recepción de otras propuestas culturales y musicales. Y ellas llegan desde los bajos fondos de las grandes ciudades del Norte, cargadas con una crítica absoluta a las consecuencias de la modernidad, con una atmósfera pesimista y el rechazo del mundo adulto, que respondían a las mil maravillas al estado de Medellín. Efectivamente, el punk y el metal arriban a la ciudad, de la misma manera que el rock a mediados de los sesenta: en discos y cassetes traídos de Inglaterra y Estados Unidos, que luego se multiplicaban en cintas de circulación mano a mano, para escuchar a Sex Pistols, Dead Kennedys, The Clash o Ramones. Pero la recepción va a ser muy distinta.
Ahora es imposible pensar en letras frívolas. En medio de la crisis social, la música tiene que dar a los jóvenes la voz que la sociedad les quita, y por lo tanto debe haber un mensaje en las canciones y debe posibilitar que se entienda. El español tiene que ser el idioma de nuestro rock. Y además ha de ser rock, ha de ser un ritmo fuerte que exprese la actitud de rechazo y crítica al medio y sus instituciones, nada de pop, nada de melosidades. Ese es el comienzo de la formación de comunidades de gusto entre los jóvenes aficionados al rock en Medellín.
En este ambiente aparecen los "parches" y las "notas" en los barrios populares como espacios predilectos de esas comunidades de gusto. Comunidades que giran alrededor de la música, para circularla y hacer traducciones de las letras de las canciones, y, muy importante, para conversar sobre sus vivencias, sus problemas, la pobreza, la muerte, de por qué existimos, algo filosófico.
El rock se esparce por toda la ciudad, de Envigado a Bello, de Belén a Manrique, de Castilla a El Poblado. Las comunidades de gusto se afianzan y surgen los grupos de punkeros, metaleros, vieja guardia, hardcore y, luego, new wave y rap. La irrupción de comunidades de jóvenes con fuertes identidades de expresión cultural, incluyendo costumbres vestuarios y cabezas, genera dos fenómenos, uno de represión y otro de disensiones entre los grupos. Los grandes conciertos empiezan a ser escenarios de violencia, como en la Plaza de Banderas 82 y La Macarena 83. Los pequeños conciertos son boicoteados permanentemente, pues la policía -muchas veces instigada por los vecinos- allana los locales, hace disparos, decomisa la botas de los muchachos y destruye los equipos. Esta va a ser una historia repetida a lo largo de los ochenta y bien entrados los noventa. En gran medida es una represión oficial que genera reacciones de confrontación de los jóvenes con la policía; desde los graffitis hasta las calles.
El rock en Medellín es hoy un movimiento vivo de cada barrio, en cada grupo de jóvenes, en cada clase social. 






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